14 Junio 2016

¿Dónde está la mente?

¿Dónde está la mente?

“Nos han educado para que creamos que nuestras mentes están dentro de nuestras cabezas, que la actividad mental no es nada más que actividad cerebral...

...Sin embargo, sugiero que nuestras mentes se extienden mucho más allá de nuestros cerebros; se expanden a través de campos que nos vinculan con nuestro entorno y los unos con los otros”.

El autor de estas palabras es el biólogo británico Rupert Sheldrake que, cuando trabajaba en el Área de Biología del Desarrollo de la Universidad de Cambridge, empezó a plantearse que no era posible estudiar la biología sólo en términos de genes y moléculas, sino que tenía que haber una línea de investigación desde una perspectiva más holística.

A partir de ese momento, ha ido desarrollando diversas teorías innovadoras que en muchos casos han generado controversia y en todos los casos han abierto una mirada distinta sobre la biología. Entre sus propuestas, destacamos en este artículo la Teoría de los Campos Mórficos que expone en su libro Una nueva ciencia para la vida.

“La resonancia mórfica es la influencia de las estructuras anteriores de la actividad en estructuras similares posteriores de la actividad organizada por campos mórficos. Permite que las memorias se transmitan a través del espacio y el tiempo y desde el pasado. Lo que significa que todos los sistemas que se auto-organizan, como las moléculas, las células, los cristales, las plantas y las sociedades animales, tienen una memoria colectiva de la cual los individuos se alimenta y a la cual contribuyen”.

Parece ser que las llamadas leyes de la naturaleza son más como hábitos, es decir, existen ciertos fenómenos biológicos que tienen más probabilidades de producirse a medida que ocurren más veces. O lo que es lo mismo, comportamientos adquiridos por una especie serían heredados por generaciones posteriores.

Sheldrake cita como ejemplo un experimento con ratas realizado en Harvard durante los años 20 y que duró varias décadas. Las ratas aprendieron a escapar de un laberinto de agua y las siguientes generaciones aprendieron cada vez más rápido. Después de que las ratas hubieran aprendido a escapar 10 veces más rápido en Harvard, comprobaron que las ratas de Edimburgo y Melbourne empezaron a escapar de igual manera que las de Harvard. Y este efecto no se limitó a la descendencia de las ratas entrenadas sino a toda la comunidad de individuos.

Para Sheldrake, la palabra clave es “hábito”. A través de los hábitos, los campos morfogenéticos varían su estructura y promueven cambios estructurales.

Lo que se deduce es que si un individuo de una especie aprende una nueva habilidad, les será más fácil aprenderla a todos los de dicha especie, porque la habilidad “resuena” en cada uno, sin importar la distancia a la que se encuentre.

En una consulta en Bioneuroemoción, cuando una persona concreta su conflicto, se busca la “resonancia” en el árbol genealógico. La transmisión transgeneracional podría ocurrir en este “campo mórfico” porque hay una memoria común compartida por todos los miembros del clan aunque no hayan convivido en el mismo espacio-tiempo.

El método de la Bioneuroemoción se basa en la observación sobre cómo los programas de nuestros ancestros se expresan en las siguientes generaciones, y cómo estos programas tienen un sentido y una lógica que está fuera de la comprensión de la mente dual.

Fuente:

http://blogs.scientificamerican.com/cross-check/scientific- heretic-rupert- sheldrake-on-morphic- fields-psychic- dogs-and- other-mysteries/

Más info:

http://www.sheldrake.org/

http://athanor.es/centrodocumental/la-mente-extendida/