Hay momentos en la vida en los que una persona puede mirar su recorrido y sentir que ha hecho todo lo necesario para estar bien. Ha trabajado su autonomía, ha desarrollado su inteligencia, ha construido una carrera profesional, ha aprendido a sostenerse emocionalmente y ha cultivado su mundo interior.
Sin embargo, cuando observa su vida afectiva, aparece una sensación difícil de nombrar: el amor no fluye con la misma naturalidad que otras áreas de su vida.
Esta vivencia no suele ir acompañada de resignación, sino de preguntas. ¿Por qué, si me siento más madura y más segura, me resulta más complejo encontrar una relación que me nutra? ¿Qué ocurre cuando el crecimiento personal no se traduce en bienestar vincular? ¿Qué lugar ocupa la autoestima en la elección de pareja?
Estas preguntas atraviesan a muchas mujeres y también interpelan a muchos hombres. En este nuevo encuentro en Destellos de Sabiduría, el sexólogo Antoni Bolinches profundiza en lo que denomina el síndrome de la supermujer, no como una etiqueta diagnóstica, sino como una forma de describir una paradoja emocional propia de nuestro tiempo.
A lo largo de la conversación con David Corbera y Sara Pallarès se despliega una reflexión que invita a revisar el vínculo desde la responsabilidad personal, la madurez emocional y la coherencia interna, en sintonía con los fundamentos de la Bioneuroemoción.
Antoni Bolinches sitúa el origen del síndrome de la supermujer en su observación clínica a lo largo de más de una década. Se trata de mujeres que acuden a consulta compartiendo un perfil muy concreto y, al mismo tiempo, un malestar común.
“Eran guapas, eran inteligentes, tenían formación, tenían buena posición económica y profesional”, explica. Y añade una idea central: “Como consecuencia de tantas virtudes, estaban pagando un peso amoroso a su excelencia”.
Estas mujeres no se perciben carentes de recursos ni atrapadas en relaciones dependientes. Por el contrario, han desarrollado una fuerte autonomía personal. Sin embargo, expresan frustración en el ámbito amoroso. “En lugar de facilitarles tener más opciones amorosas, esa excelencia dificultaba sus posibilidades de elección”, señala Bolinches.
David Corbera abre una reflexión que desplaza el foco del adjetivo hacia la persona en su conjunto: “Esa supermujer tiene unas cualidades en unas áreas específicas, pero ese adjetivo no tiene por qué abarcar todo su ser. Es decir, ¿qué defectos tiene la supermujer?”. Esta distinción abre la puerta a comprender el conflicto sin reducirlo a un rasgo identitario.
Bolinches coincide y precisa: “El problema no es el perfil que tengo, sino qué hago con ese perfil”. No se trata de cuestionar la evolución personal, sino de revisar cómo se gestiona emocionalmente en el terreno del vínculo.

Uno de los elementos clave que Antoni Bolinches pone sobre la mesa es la cuestión de la admiración. “La mujer se sigue enamorando admirativamente”, afirma. Y ahí aparece una dificultad cuando la mujer se encuentra “en el vértice de su madurez y de su seguridad”.
“Si tú estás en el vértice de tu madurez, de tu seguridad, es difícil que encuentres personas admirables”, explica. No por una cuestión de superioridad, sino porque el modelo relacional aprendido durante generaciones sigue operando de forma inconsciente.
“La mujer viene de una tradición de admiradora y el hombre aún estamos en la tradición de admirados”, señala. Durante décadas, el hombre excelente obtenía un “premio amoroso”, mientras que la excelencia femenina no producía el mismo efecto. Ese equilibrio se ha modificado en las últimas décadas, pero los referentes emocionales no siempre se transforman al mismo ritmo.
Desde el paradigma de la Bioneuroemoción, este desajuste se comprende como la expresión de memorias emocionales heredadas, que siguen influyendo en la manera de amar y de elegir pareja, incluso cuando la realidad externa ha cambiado.
Ante esta paradoja, Antoni Bolinches describe cinco formas en las que las mujeres responden emocionalmente a esta situación. No las plantea como categorías rígidas, sino como estrategias adaptativas frente a una misma vivencia.
1. La mujer castradora
“La supermujer castradora castiga al hombre porque no es como ella quiere que sea”, explica. En este caso, la frustración se transforma en exigencia y resentimiento. “Ese hombre no va a mejorar y ella se convierte en enemiga de su propia expectativa”.
2. La mujer reactiva
“No le gusta esa realidad, tiene un cierto mal humor”, comenta Bolinches. Sin embargo, en este perfil surge una reflexión interna: “Con la realidad, lo mejor que puedo hacer es aceptarla para cambiarla, pero solo puedo cambiar lo que previamente acepto”.
3. La mujer conformada
Desde ahí, algunas mujeres evolucionan hacia posiciones más integradoras. La mujer conformada “acepta la realidad, interactúa productivamente con ella y aplica la inteligencia constructiva”. No se resigna, pero deja de luchar contra lo que no puede cambiar.
4. La mujer facilitadora
Este perfil de mujer acompaña el crecimiento del otro. Bolinches utiliza un ejemplo cercano para ilustrarlo y señala un punto delicado: “El peligro de la facilitadora es que intente facilitar en el hombre algo que el hombre no quiere ser, pero que ella quiere que sea”.
5. La mujer autosuficiente
Finalmente, Bolinches describe a la mujer autosuficiente: “La que dice: ‘Yo estoy bien sola, soy buena compañía para mí y cuanto mejor estoy conmigo, más facilito que los demás estén bien conmigo’”. Para Bolinches, este perfil es el que mayores posibilidades tiene de establecer relaciones armónicas.

David retoma una idea que atraviesa toda la entrevista: el foco no está tanto en la etiqueta, sino en la manera de gestionarla emocionalmente. Antoni lo resume en una frase que se convierte en eje: “El problema de cualquier perfil no es el perfil que tengo, sino qué hago con ese perfil”.
Esta afirmación conecta directamente con los fundamentos de la Bioneuroemoción, que propone asumir la responsabilidad emocional y comprender que el conflicto externo refleja procesos internos no resueltos.
Uno de los momentos más profundos del diálogo se centra en la autoestima. Antoni Bolinches explica que incluso mujeres muy competentes suelen puntuar más bajo en este ámbito. “La persona que se puntúa en diez se ha de tratar de narcisismo”, aclara.
El verdadero riesgo aparece cuando existe una necesidad afectiva no resuelta. “Si encuentra un hombre que se la puede cubrir, es capaz de anular parte de su potencial”, señala. En lugar de sostener su brillo, se empobrece para ser querida.
Tras escuchar el desarrollo de Antoni Bolinches, David Corbera verifica la comprensión de lo que se está poniendo en juego en el vínculo afectivo: “Entiendo que lo que estás expresando es que esa fortaleza que aparentan cuando están solas se desmorona cuando se vinculan afectivamente.”
Este patrón suele tener su origen en la infancia. Bolinches habla de déficits afectivos tempranos y de heridas que, aunque se sanen, dejan una huella. “Aunque ya no tengas la herida, te ha quedado la cicatriz”, explica.
Sara Pallarès aporta aquí una reflexión desde su experiencia personal, una vivencia que muchas personas reconocen en su propia historia: Relata una adolescencia marcada por la baja autoestima y por vínculos dañinos.
“Yo pensaba: ‘Si no me quiere él, ¿quién me va a querer a mí?’”, recuerda. Con el tiempo, pudo tomar decisiones distintas y salir de relaciones donde no se sentía respetada.
“Emocionalmente tengo que ser coherente. No quiero quedarme en un lugar donde no se me respeta”, concluye Sara.
Antoni introduce entonces una de sus ideas más conocidas: “Madurez es: malos momentos bien asimilados. Neurosis es: malos momentos mal asimilados”. No se trata de evitar el dolor, sino de integrarlo.
Cuando las experiencias difíciles no se elaboran, se repiten en forma de conflicto. Cuando se asimilan, se transforman en aprendizaje. Esta comprensión se alinea con la Bioneuroemoción, que propone observar el síntoma como una vía de acceso a la coherencia emocional.

La conversación se amplía hacia una mirada colectiva. Antoni describe a muchos hombres como desorientados ante un cambio de modelo que exige mayor implicación emocional. “El hombre vivía de las rentas de un modelo sexista”, afirma. Ese modelo ya no se sostiene, pero su transformación requiere esfuerzo.
Las mujeres, por su parte, se sienten decepcionadas. “Tanto esfuerzo para ahora no encontrar hombres adecuados”, resume Bolinches. Sara Pallarès amplía la mirada histórica de este conflicto emocional: “Esto no es de ahora. Esto viene de muy atrás, viene de siglos”.
Desde los fundamentos de la Bioneuroemoción, esta tensión se entiende como la expresión de memorias transgeneracionales que influyen en la manera de vincularse y de posicionarse en la relación.
David introduce la importancia de la flexibilidad de roles. Las personas cambian, evolucionan y desarrollan nuevas necesidades. “Quizá el problema aparece cuando hombre o mujer quedan instaurados en un tipo de rol”, reflexiona.
Antoni coincide y subraya que la clave no es la compatibilidad absoluta, sino la madurez personal. “Las relaciones interpersonales funcionan mejor por el grado de madurez de las partes implicadas que por la óptima sintonía en valores o carácter”.
Cuando la evolución del otro se vive como estímulo, la relación se enriquece. Cuando se vive como amenaza, aparece el conflicto.
En la parte final de la conversación, Antoni Bolinches define lo que entiende por amor armónico. “Poder estar con el otro sin dejar de ser uno mismo”, afirma. No se trata de exigencia ni de sacrificio constante, sino de cooperación y congruencia.
David introduce una idea sugerente: “La propia supermujer va a llegar un día en que se va a cansar de ser supermujer. Ya no… ya estoy cansada, ya no puedo más”.
Sara añade que ese descanso aparece cuando se conecta con la vulnerabilidad. “La supermujer tiene que conectar con su vulnerabilidad”, afirma. Antoni agrega que, en un vínculo armónico, ya no es necesario ser “súper” para nadie.
Este tipo de relación permite que la excelencia deje de ser una carga y se convierta en un espacio compartido de crecimiento.
En este punto de la conversación, Sara comparte cómo se vive el compromiso cuando ya no nace de la necesidad, sino de una elección consciente: “La profundidad y el significado de vida que me da tener un compromiso, en este caso con David, para mí es una inmunidad”.
En el tramo final, Antoni vuelve a una idea central: “Criticar a los otros no nos mejora a nosotros”. El cambio no pasa por señalar al otro, sino por asumir la propia responsabilidad emocional.
El paradigma de la Bioneuroemoción propone precisamente este desplazamiento: del conflicto externo a la coherencia interna. Cuando cada persona invierte más energía en su propio cambio que en intentar cambiar al otro, las relaciones se vuelven más conscientes.
La madurez no consiste en ser mejor que los demás, sino en llegar a ser lo que uno puede ser. Y cuando eso ocurre, la relación deja de ser un campo de batalla para convertirse en un espacio de encuentro.
Ese es, quizás, el destello más profundo de esta conversación: comprender que el amor no se fuerza ni se negocia, sino que emerge cuando hay coherencia entre lo que se piensa, lo que se siente y lo que se vive.
Este artículo es solo una breve parte de la conversación con Antoni Bolinches de David Corbera y Sara Pallarès -director académico y CEO, respectivamente, de Enric Corbera Institute- en el pódcast “Destellos de Sabiduría”. Puedes ver o escuchar el episodio completo “¿Por qué las personas exitosas sufren más en el amor?”, aquí:
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