23 Junio 2016

¿Y si los hombres sintieran el dolor del parto?

¿Y si los hombres sintieran el dolor del parto?

Nuestras creencias nos hacen ver la realidad de una forma determinada y no atendemos a otras posibilidades. Para ver hay que dejar de creer.

A veces, cuando viajamos, nos damos cuenta que hay otras maneras de vivir y otras formas de comportamiento distintas a las nuestras. Cuando tenemos una actitud despierta, nos damos cuenta de que otras realidades son posibles. 

A 240 kilómetros al sureste de Lima (Perú) y a 2.480 metros de altitud se encuentra Tupe. Es una localidad de aproximadamente 800 habitantes que hablan una lengua propia, el jaqaru (kawki), una lengua que se hablaba hace 500 años en Lima.

Este lugar vive en un matriarcado, es decir, las mujeres realizan tareas que en otros pueblos realizan los hombres. Las mujeres trabajan la tierra, conducen el ganado, se ocupan de los trabajos de construcción del pueblo y son determinantes en la toma de decisiones. Por su parte los hombres se encargan de cocinar, de lavar la ropa y de cuidar a los niños.

En el libro El Observador en Bioneuroemoción, Enric Corbera relata la historia de médico Carlos Pazzaglia Olivares que, en su primera noche en el pueblo, vivió esta escena: 

“Una mujer estaba en trabajo de parto. Nos permitieron entrar en la casa y vimos a la mujer caminando tranquilamente de un lado a otro de la habitación, pero en una esquina, tendido en la cama y gritando de dolor, estaba el varón. Al principio, pensábamos que se trataba de una costumbre, pero luego nos percatamos de que ese hombre realmente sufría dolor, estaba diaforético. Quisimos examinarlo, pensando torpemente en un abdomen agudo, pero la anciana que acompañaba en el parto nos dijo que nos tranquilizáramos, que solo era dolor de parto. En los siguientes instantes la mujer se colocó en cuclillas en una esquina y parió al hijo, lo envolvió en un manto y se lo entregó al padre, quien, más tranquilo «después de dar a luz a su hijo», se quedó descansando en la cama, con el niño en brazos, mientras que la mujer salió a alumbrar a la placenta a la zona de cultivo, para enterrar la placenta en la tierra (otra costumbre ancestral relacionada con la fertilidad de la tierra). Después, la mujer continuó con sus faenas diarias mientras que el hombre, más tranquilo, se quedó al cuidado del niño.” 

Según cuenta el Dr. Pazzaglia, actualmente, esta “tradición” se está perdiendo porque una ONG está mostrando a la gente de Tupe que esta forma de vivir la experiencia del parto no es “normal”.

En lugar de abrir los ojos quedándonos maravillados ante esta manera de traspasar el dolor de una persona a otra y descubrir en esta situación una oportunidad única para conocer un poco más la mente humana; en lugar de intentar comprender cómo y para qué lo hacen, hacemos lo habitual en todos cuando el otro se comporta de una manera que no encaja en nuestra forma de ver el mundo: queremos cambiarlo, influenciamos con nuestro mapa mental.

En una consulta de Bioneuroemoción, el acompañante guía al cliente para que comprenda que es él mismo quien debe cambiar y despertar a una nueva comprensión de su entorno. No se trata de cambiar el mundo exterior, sino de vivir una transformación interior integrando las experiencias desde una nueva perspectiva.

Cada encuentro de dificultad es una oportunidad para ir más allá de nuestras creencias y ser más flexibles en nuestra forma de ver la vida.