La sexualidad

La sexualidad

Parémonos a reflexionar por un momento en nuestro origen más orgánico, biológico y objetivo, aquel que es mesurable, comprobable y tangible. Cada uno de nosotros venimos de la culminación de una relación sexual entre dos personas. Sin embargo, ¿qué sensación corporal experimentamos si, por un momento, visualizamos la escena en la que surgió el fenómeno de nuestra existencia?

En la mayoría de los casos desencadenará una sensación de rechazo, repulsión o tal vez lo catalogaremos de pervertido, antinatural o desagradable. En muchas ocasiones, el simple hecho de hablar de sexo resulta motivo de rubor, sorpresa, enfado e incluso censura. La sexualidad pertenece al ámbito de la intimidad y no debe ser compartida. Pareciera que debe permanecer en la sombra, en el hogar de cada persona, en el inconsciente del individuo... A un ser vivo lo define su capacidad de crecer, alimentarse y reproducirse, siendo un pilar básico y común a todos los seres que pueblan la tierra. Entonces, ¿por qué la necesidad biológica de la reproducción no se aborda de una forma tan natural como la alimentación o el crecimiento? 

Vemos como en la mitología que predomina en nuestro inconsciente social, la judeocristiana, ya se contempla la sexualidad como la primera de las vergüenzas. Al ser expulsados del paraíso, Adán y Eva tomaron conciencia de su desnudez e inmediatamente se taparon, escondiendo su sexualidad al considerarla pecaminosa. Avergonzarse de su sexualidad fue, arquetípicamente, la primera consecuencia del pecado original. Es fácil intuir el simbolismo de este acto reflejo en la sociedad donde habitamos.

Al mismo tiempo, estar desnudos, uno frente a otro, sin culpabilidad, sin vergüenza, es una forma de volver a nuestra naturaleza más original, visitar aquel paraíso del que nos convencieron que fuimos expulsados.

Todos conocemos creencias limitantes acerca de la sexualidad, “solo puede ser disfrutada cuando se acompaña de amor”, “tan sólo debe usarse como medio para reproducirnos”, “quien lo hace mucho es tal cosa...”, “quien lo hace poco es tal otra cosa...”. No hace tantos años que en los colegios advertían a los niños que, si se masturbaban, podrían quedarse ciegos, les saldrían pelos en las manos o incluso ofenderían al mismo Dios. No podemos pasar por alto que todas estas directrices forman parte del esqueleto ético de nuestra sociedad y que, como tal, podemos verla reflejadas en multitud de comportamientos a nivel educativo, social e incluso político o legal.

A raíz de esta reflexión, surgen varios interrogantes: ¿por qué ha sido tan importante reprimir esta faceta humana en la sociedad en la que vivimos? ¿Qué encierra la sexualidad que la hace tan presente, tan poderosa y tan temida al mismo tiempo?

El desarrollo de la sexualidad adulta se produce en la adolescencia al mismo tiempo que la diferenciación del individuo con respecto al clan.

Podríamos inferir entonces que la sexualidad está asociada con el proceso de individuación de la persona. Por lo tanto, el desarrollo sexual está íntimamente ligado con el crecimiento y desarrollo afectivo y social. Además, es el proceso alquímico humano por antonomasia, el medio por el cual dos se hacen uno, la dualidad confluyendo en la unidad. Es por ello que la sexualidad recoge nuestro más genuino instinto biológico de supervivencia y, por otra parte, nuestra más pura aspiración espiritual de trascendencia.

Cuanto más represión, más juicios se emplean, es fácil identificar cómo compensamos nuestra represión con el mecanismo proyectivo de la sombra. Cómo, en muchas ocasiones, los que se definen desde el puritanismo más absoluto, son los que más critican las conductas sexuales de los demás y, al mismo tiempo, los que más sienten que deben esconder.

Esta tremenda represión alimenta dos polaridades. Por un lado, vivimos en una sociedad que expresa una sexualidad cada vez más artificial, en la que la industria pornográfica es una de las más poderosas del mundo y, al mismo tiempo, una de las sociedades más punitivas y con mayor juicio hacia el sexo en la que, paradójicamente, merecen menos censura actos de violencia extrema que la simple exposición de un pecho. Para ilustrar esta desproporción, podemos comprobar que, en muchos lugares, es incluso delito dar de mamar a un bebé en un lugar público. Hasta ese punto hacemos tabú lo natural y se censura la naturaleza más inmaculada.

Es precisamente esta falta de integración de la sexualidad la que se manifiesta en la hipersexualización, que sería la polaridad opuesta de la castidad, ambas conductas excesivas pero con un mismo hilo conductor. El tabú propicia la educación sexual deficiente, la cual lleva a un porcentaje muy elevado de embarazos no deseados, abusos e incluso ETSs. Este mismo tabú hace que, cuando alguien manifiesta disfunciones de carácter sexual, sea más complicado expresarlo o compartirlo y, por ende, superarlo. Se une el conflicto en sí con el juicio hacia uno mismo, creando una bola de nieve que agrava la situación.

No se puede politizar un hecho psicológico ni psicologizar un hecho político, es decir, no podemos justificar actos políticos por su implicación psicológica pero tampoco podemos justificar comportamientos psicológicos según su contexto político, sin embargo, podemos ver cómo uno ha influido al otro indefectiblemente cuando hablamos de sexualidad. Faucault exponía en su “Historia de la sexualidad” cómo a través de la misma se había establecido incluso una jerarquía social en la que habían personas más o menos “adecuadas” según su orientación sexual, sus gustos, sus filias... en definitiva, categorizando la valía de una persona u otra dependiendo de sus hábitos sexuales.

Se castiga y se estigmatiza el mundo del sexo, provocando consecuentemente que se generen mafias que lo controlen desde la sombra y que, lo que podría ser un servicio regulado más, pase a ser un nido de violencia, inseguridad y crueldad.

Precisamente, todas estas cualidades han hecho de la sexualidad una reserva de nuestra sombra. La sexualidad se ha convertido en una parte de nuestro ser que no debe ser mostrada y, por lo tanto, una faceta de nuestra personalidad casi desconocida a través de la cual podemos conocernos mejor.

Conclusión 

La única forma de vivir una sexualidad inadecuada es usarla sin respeto hacia uno mismo o los demás, hacer lo que no se desea por complacer, vivirla como una obligación o como un medio de aceptación o reconocimiento...la sexualidad se creó para ser disfrutada, disfrutémosla con la seguridad y la calma de quien sabe que está desarrollando una de las facetas más poderosas de su ser.

 

"El sexo sólo tiene límites para quien se los pone y finalidad para el que se la impone."

Valerie Tasso.

 

Referencias: Foucault, M (1977) Historia de la sexualidad, Volumen 1. 




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