La infidelidad es una de las experiencias más dolorosas dentro de una relación de pareja. Despierta enojo, culpa, humillación y una sensación enorme de traición.
¿Por qué algunas parejas logran atravesar una infidelidad y otras se rompen definitivamente?
Detrás de un acto de infidelidad suele haber dinámicas emocionales, patrones inconscientes y tensiones que venían gestándose mucho antes de que el hecho saliera a la luz. Explorar el sentido emocional de la infidelidad implica comprender qué estaba ocurriendo en el vínculo y qué parte de nosotros necesita ser revisada para no repetir la misma historia.
La infidelidad es la ruptura de un pacto afectivo o sexual dentro de una relación de pareja. Implica la transgresión de un acuerdo explícito o implícito y suele vivirse como una traición que afecta la confianza, la identidad y el sentido de seguridad emocional dentro de la relación.
No todas las parejas entienden la fidelidad del mismo modo. En algunas, el límite se establece en el contacto sexual. En otras, el intercambio emocional intenso ya constituye una transgresión. Lo que define la infidelidad no es solo el acto en sí, sino el quiebre de la confianza pactada.
El sufrimiento que genera no se explica únicamente por el hecho concreto. Nace por lo que simboliza: reemplazo, abandono, comparación, pérdida de valor persona y de las expectativas sobre los proyectos en común.
La infidelidad física involucra contacto sexual con otra persona fuera del vínculo. Es la forma más visible y socialmente reconocida.
La infidelidad emocional, en cambio, puede desarrollarse sin contacto físico. Se trata de la creación de un espacio de intimidad o complicidad con un tercero que desplaza progresivamente a la pareja del lugar de confianza privilegiada.
En muchos casos el dolor que provoca la infidelidad emocional es incluso mayor, porque ataca el núcleo simbólico del vínculo: la exclusividad afectiva.
Ambas expresiones suelen ser la manifestación externa de un proceso previo: deterioro de la comunicación, rigidez en los roles, dificultades para expresar necesidades o inseguridades de apego no resueltas.
Pensar la infidelidad como un simple impulso o una cuestión de deseo resulta insuficiente. En la mayoría de las historias, no sucede de forma repentina. Se va configurando en pequeños desplazamientos casi imperceptibles: conversaciones que dejan de existir, incomodidades que se acumulan, silencios que comienzan a ocupar demasiado espacio.
En la mayoría de los casos, la infidelidad aparece cuando la relación había dejado de sentirse como un lugar de encuentro genuino y empezó a vivirse como rutina, distancia o tensión sostenida. El vínculo puede seguir en pie, incluso con afecto, pero la intimidad emocional se ha debilitado.
El conflicto más habitual que da lugar a una infidelidad no está tanto en que se “terminó el amor”, sino en la dificultad para sostener diálogos incómodos. Se evita confrontar para no herir, se minimiza lo que duele, se posterga el intercambio hasta que el malestar se vuelve estructural. Los cimientos y los proyectos de la pareja comienzan a resquebrajarse.
Cuando lo que incomoda no encuentra expresión dentro del vínculo, la energía busca salida en otro lugar.
La rigidez en los roles también influye. Quedar fijado en el “responsable”, el “fuerte”, la “comprensiva”, el “que siempre sostiene” termina estrechando la vida psíquica. Toda persona necesita expansión y movimiento.
Cuando la relación exige permanecer siempre en la misma versión de uno mismo, aparece la búsqueda de un espacio donde sentirse diferente o validado.
A esto se suma el temor al compromiso. En una cultura que promueve opciones constantes, el anhelo de permanencia convive con el miedo a depender. La infidelidad puede convertirse en una forma de mantener el vínculo principal mientras se explora afuera aquello que no se ha podido integrar dentro.
Detrás del acto visible suele existir una dinámica previa: desgaste progresivo, inseguridades no expresadas y patrones de comunicación que erosionan la confianza.
En muchas historias, la infidelidad representa el último eslabón de una cadena que comenzó mucho antes, cuando el vínculo dejó de ser un espacio seguro para mostrarse con autenticidad.
«Las personas no son infieles porque buscan sexo, son infieles porque buscan sentirse vivos»
Esther Perel
Desde la mirada de la Bioneuroemoción, la infidelidad no se analiza únicamente como un conflicto de pareja, sino principalmente como una experiencia que pone en evidencia una incoherencia interna de cada uno de los que la integran.
Quien es infiel suele atravesar una fractura íntima: desea pertenecer al vínculo y, al mismo tiempo, busca fuera algo que no logra experimentar dentro. Vive dividido entre la imagen que sostiene y la necesidad que intenta satisfacer.
Quien sufre la infidelidad también experimenta una ruptura interna. La herida activa miedos y decepción: abandono, reemplazo, desvalorización, pérdida de identidad. Ese dolor tiene que ver con lo que esa relación significaba y con las heridas que su ruptura vuelve a tocar.
En esta perspectiva la pregunta cambia de dirección. En lugar de centrarse únicamente en la conducta del infiel, invita a mirar qué se está moviendo dentro de nosotros y por qué duele tanto.
La mayoría de las relaciones se basan en un pacto inconsciente que se forma mucho antes de que aparezca la crisis. Dos historias personales se encuentran y, sin saberlo, encajan desde patrones complementarios.
Uno puede ocupar el lugar del fuerte, el otro del necesitado. Uno el del que persigue, el otro el del que se distancia.
El vínculo se sostiene mientras esos roles permanecen estables. Cuando uno de los miembros empieza a transformarse o deja de sostener el personaje asignado, el sistema se desestabiliza.
La infidelidad puede producirse como síntoma de esa reconfiguración interna y, en tal sentido, es que decimos que la responsabilidad de una infidelidad podría ser responsabilidad de los dos miembros de la pareja.
Al explorar la infidelidad en profundidad, pueden aparecer historias que exceden a la pareja actual. La experiencia no comienza en el presente, resuena en una memoria relacional que puede venir de más atrás, de la historia afectiva de papá y mamá, de los abuelos, etc.
En algunos árboles familiares encontramos traiciones silenciadas, hijos extramatrimoniales ocultos, dobles vidas sostenidas durante años, mujeres que soportaron humillaciones en nombre de la familia, hombres que abandonaron sin asumir responsabilidad. Estas historias casi nunca se narran abiertamente, pero dejan su impronta emocional.
Allí es donde la lealtad invisible opera de forma sutil. Una persona puede repetir una conducta sin comprender por qué le resulta tan difícil actuar de otra manera. Por ejemplo, siempre elije parejas que la traicionan, como si confirmara una expectativa antigua.
El inconsciente familiar busca equilibrio a través del conflicto.
Entonces, alguien que fue infiel puede descubrir que su abuelo sostuvo una relación paralela durante décadas. No se trata de copiar el acto, sino de continuar una lógica relacional no resuelta: la división interna entre deber y deseo, entre imagen pública y vida íntima.
Del otro lado, quien sufre reiteradamente la traición puede encontrar en su linaje historias de abandono o de mujeres que dependieron afectivamente de hombres inestables. La experiencia actual reactiva un dolor anterior que aún no había sido mirado.
Estas dinámicas no determinan el destino. Señalan un punto de trabajo. Cuando la persona toma conciencia de la historia que porta, se abre la posibilidad de interrumpir la repetición.
Entonces la infidelidad se convierte en un movimiento dentro de un entramado más amplio. Un punto de crisis que expone aquello que ya estaba latente.
Aquí comienza el verdadero trabajo: mirar la incoherencia, reconocer los pactos invisibles y asumir responsabilidad por la propia participación en la dinámica, sin negar el dolor ni justificar la conducta.
Atravesar una traición no es un proceso inmediato ni una decisión puramente racional. La herida que deja puede afectar la autoestima, la confianza, la identidad y la sensación de seguridad básica. Y, sobre todo, parte al medio un proyecto que hacía pensar una vida juntos.
En muchos casos, la primera reacción es buscar explicaciones externas: qué hizo el otro, cómo pudo, por qué traicionó. Esa etapa es necesaria.
Sin embargo, permanecer exclusivamente en ese lugar prolonga el sufrimiento.
Superar una infidelidad implica atravesar varias capas.
En primer lugar, reconocer el dolor sin negarlo o minimizarlo prematuramente suele generar más confusión que alivio. Hay enojo, tristeza, vergüenza, miedo. Todas esas emociones necesitan ser legitimadas.
En segundo lugar, asumir que la experiencia nos dice algo del vínculo y también de uno mismo. La pregunta deja de ser “qué me hicieron” y empiezan a ampliarse:
No hay respuestas correctas.
Para el infiel, el trabajo es igual de profundo. No alcanza con justificar el acto en una insatisfacción puntual.
La transformación comienza cuando se indaga qué vacío interno se intentó regular, qué conflicto personal se evitó afrontar y qué nivel de responsabilidad emocional se estaba dispuesto o no a asumir.
Superar no siempre equivale continuar juntos. A veces, la relación puede reconstruirse si existe un espacio genuino de diálogo, reparación y revisión de las dinámicas que llevaron a la ruptura de la confianza. En otros, la separación resulta el movimiento más coherente.
Lo determinante no es la decisión externa, sino el nivel de conciencia con el que se toma.
Cuando la experiencia se convierte en una oportunidad de conocernos mejor a nosotros mismos, la infidelidad deja de ser una herida traumática y se transforma en un punto de inflexión.
Tanto el infiel como el traicionado pueden reconocer patrones propios: dependencia afectiva, miedo al abandono, necesidad excesiva de validación, rigidez en los roles, evitación del conflicto.
Este proceso no elimina el dolor de inmediato. Sin embargo, le otorga sentido.
Superar una infidelidad es integrar lo ocurrido en la propia historia sin quedar definido por ello. Es recuperar la dignidad interna, aprender del vínculo y tomar decisiones más conscientes hacia adelante.
El sentido de la infidelidad deja al descubierto la fragilidad del vínculo y, al mismo tiempo, la vulnerabilidad interna de quienes lo sostienen. Desde una perspectiva más amplia, la infidelidad puede marcar un antes y un después según la forma en que cada persona decide atravesarlo.
En este punto aparece una pregunta decisiva: ¿voy a utilizar esta experiencia para endurecerme o para comprenderme?
La conciencia de unidad propone dejar de fragmentar la escena en culpables y víctimas permanentes. La traición existe, el dolor es real, la responsabilidad también. Pero quedarse fijado en una narrativa rígida suele perpetuar el conflicto interno.
Cuando se amplía la mirada aparece una comprensión: lo ocurrido es la expresión de dinámicas emocionales, estilos de apego, patrones comunicativos y lealtades inconscientes que venían operando mucho antes de la infidelidad. Esto no diluye la responsabilidad individual. Al contrario, la intensifica.
La conciencia de unidad implica reconocer que no hay una parte “buena” y otra “mala” dentro de nosotros. Hay intentos de protegernos, estrategias para evitar el dolor, decisiones más o menos maduras.
Cuando esto se comprende, la lucha interna se suaviza y se abre espacio para una responsabilidad afectiva más sólida y también más concreta.
La madurez emocional en la pareja no consiste en no generar conflictos. Reside en poder mirar lo que ocurre sin negación, asumir las consecuencias y actuar con coherencia. En ocasiones, eso significará reconstruir el vínculo. En otras, despedirlo con honestidad.
La infidelidad, entonces, deja de ser solo una ruptura y se convierte en un espejo, incómodo, pero revelador. Señala dónde el vínculo perdió autenticidad, dónde la comunicación se volvió insuficiente o dónde el crecimiento personal quedó bloqueado.
El verdadero desafío es construir relaciones donde cada miembro pueda expandirse sin dejar de ser quien es. Comprometerse con un vínculo que no se base en el miedo a perder, sino en la elección consciente de permanecer.
Porque al final, la pregunta no es si el otro fue fiel o infiel. La pregunta es qué nivel de conciencia estamos dispuestos a asumir cuando amamos.
El sentido de la infidelidad puede entenderse como un síntoma de incoherencia interna o de un conflicto no resuelto dentro del vínculo. Recordemos que no es un castigo ni tampoco un destino. Señala una tensión entre deseo, miedo, identidad y pertenencia.
Sí, es posible. Sin embargo, requiere un proceso complejo: diálogo honesto, responsabilidad emocional y revisión de las dinámicas que llevaron a la ruptura de la confianza. Perdonar no significa olvidar. Hay que comprender lo ocurrido y decidir conscientemente cómo continuar sin rencor.
Cuando la infidelidad se vuelve un patrón, suele estar asociada a inseguridades de apego, necesidad constante de validación o conflictos internos no integrados. También puede vincularse a lealtades familiares invisibles que repiten historias no resueltas.
Depende de la historia de cada persona. En muchos casos, la infidelidad emocional resulta más dolorosa porque afecta el espacio de intimidad y exclusividad afectiva, que es el núcleo simbólico del vínculo.
Requiere tiempo y autoindagación. El proceso comienza al dejar de reducir la experiencia a culpa o victimismo. Explorar qué miedos se activaron, qué expectativas estaban depositadas en el vínculo y qué parte de la propia historia se movilizó permite reconstruir la autoestima desde un lugar más consciente.
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En este podcast, Enric Corbera habla sobre los celos, una de las causas de sufrimiento más habituales. En este capítulo entenderemos de dónde vienen, qué reflejan de nosotros y qué sentido biológico cumplen.
David Corbera, en este vídeo, explica cómo los lazos afectivos y los apegos infantiles pueden influir en la infidelidad en la edad adulta.
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Buenos días, gracias por compartir este artículo, me motivo escribir estas palabras, tengo 7 años de separada (divorciada) el motivo fue por creer que fui victima de infidelidad, porque no me constó de manera real, nunca me lo dijo el papá de mis hijos, me influencié solo con mensajes de fotos y comentarios por parte de la persona que fue motivo de la separación , con tres hijos y 27 años de casada , mis emociones inmaduras no me dejaron ser inteligente, ya me sentía segura de mis emociones inmaduras matrimonio ya lo amaba, pienso que lo vivido con mis padres y lo vivido en mi noviazgo que fue difícil fue lo que desató mi tristeza, coraje y descepcion y no me tenté el corazón para no poner tristes a mis hijos pensando que ya eran mayores de edad iban a tomarlo tranquilamente y que respetarían de la mejor manera nuestra decisión pero el primero que tomó la decisión fui yo, y siempre si nos afectó a todos, mis hijos tristes visitando psicólogos y enfermé e igual visite psicólogo y psiquiatra es una historia larga , les agradezco que hayan compartido esta pagino me hizo bien, saludos.
Yo no sé si en mis antepasados se dio esta situación, con mis padres no lo viví, ellos siempre fueron fieles el uno al otro, a mi cuando mi pareja me fue infiel, siempre negándolo por supuesto, intentando hacerme ver que eran cosas mías, veía cosas donde no eran…etc., lo que más me dolió no fue la infidelidad, y todos los intentos de hacerme creer que todo era cosa mía, a mi lo que de verdad me dolió fue la falta total de honestidad, porque yo sentí que no podía elegir si quedarme o irme, ya que frente a los demás yo parecía una loca inventándome las cosas. Cuando hice un trabajo en mi, de autoestima, fidelidad hacia mi misma (dándome igual lo que los demás hayan de decirme y importándome lo que yo siento)…hay fui consciente que podía haber elegido si hubiera estado fuerte mentalmente mucho antes. En definitiva somos nosotros mismos los que nos hacemos el camino difícil, para que esto no nos pase tenemos que volver a encontrarnos con nosotros mismos y fortalecer nuestro interior, y el trabajo más difícil perdonar y perdonarnos….
Muchas gracias, por este artículo que nos hacen reflexionar y crecer.
Totalmente de acuerdo en todo el texto. Cuando me encontré en una situación donde me fueron infiel me enoje muchísimo. con el paso de las semanas, observando la situación me di cuenta que hacia mucho tiempo que yo no me registraba a mi misma, yo no permitía amarme, escucharme, necesitaba parar para pensar y sentir y no lo hacia. También visibilice la historia de mi abuela materna quien vivió sistemáticamente infidelidad y nunca se revelo, el daño que hizo en mi madre y su vinculo con mi padre y como eso se manifestó en mi y en todas mis hermanas. A partir de ahí pude comunicarme con mi ex pareja sin rencor, revalorizarme, se hace habito encontrarme conmigo misma, pensar, sentir, respetarme las ganas de hacer o no algo, respetarme mis momentos. Siento que fue una oportunidad para vivir mejor, mas conectada, mas plena
Gracias Fernanda por tu comentario y por compartir la experiencia en el blog!
Antecedentes familiares, antecedentes en la persona, desviaciones en la conducta sexual, venganza injustificada, sentimiento de inferioridad inexistente, necesidad de libertad, morbosidad por el hecho de hacer algo “prohibido”, necesidad deleznable de ser descubierto/a, satisfacción o superioridad, posterior al descubrimiento, que otorga el PODER de negarlo o confesarlo dependiendo de la situación…todo esto y mucho más es desgraciadamente lo que aprendí de una infidelidad. Pero yo no quería saber nada de eso y quién me hizo partícipe tampoco pretendía que lo supiera, así que la conclusión es; …….