Cuando hablamos del sentido emocional de las adicciones, hablamos de conductas y sustancias que no solo se repiten, sino que generan dependencia, dominan la experiencia y deterioran el equilibrio psíquico y relacional de quien las padece.
La adicción no es un hábito neutro: suele vivirse como una necesidad compulsiva que arrastra sufrimiento, pérdida de control y consecuencias profundas en la vida personal y vincular.
Las adicciones no aparecen de manera aislada. Se desarrollan en un contexto emocional, relacional y vital concreto. Muchas veces funcionan como una respuesta inconsciente frente a algo que resulta difícil de sostener, expresar o atravesar de otro modo.
En este artículo profundizamos en el sentido emocional de las adicciones, no sólo para comprenderlas, sino para abrir la posibilidad de un cambio real: recuperar recursos internos, ampliar la conciencia y habilitar nuevas formas de relación con el malestar.
Las adicciones son reconocidas por la medicina y la psicología como trastornos complejos en los que intervienen múltiples factores. No se trata solo de una conducta repetida, sino de un proceso que implica modificaciones neurobiológicas, aprendizaje, dependencia y, en muchos casos, pérdida de control.
Sustancias como el alcohol o ciertas drogas actúan directamente sobre los circuitos de recompensa del cerebro, generando comportamientos que refuerzan el consumo. Con el tiempo, el cuerpo se habitúa, la tolerancia aumenta y la ausencia de la sustancia provoca un notable malestar físico y psíquico.
Por tal motivo, las adicciones requieren acompañamiento profesional, abordaje médico y tratamiento psiquiátrico especializado.
Es importante comprender que el fenómeno adictivo no puede reducirse a una única causa ni abordarse desde un solo nivel.
Las adicciones pueden entenderse como intentos inconscientes de compensación. No solo de algo que el adicto considera que le “falta”, sino de algo que le resulta demasiado difícil de sostener internamente.
La conducta adictiva ofrece un alivio momentáneo, una forma de regular una emoción, silenciar una tensión o escapar de una vivencia que se percibe como desbordante. Es una forma de sobrevivir ante el dolor.
Desde esta perspectiva la adicción no se reduce al objeto (alcohol, sustancia, comida, trabajo) sino que se inscribe en una lógica emocional más amplia y muy profunda. Esta lógica se construye a partir de la historia personal, los vínculos significativos (sobre todo los traumáticos) y las formas aprendidas de afrontar el malestar.
En muchas ocasiones el adicto no es plenamente consciente de aquello que intenta compensar. La conducta compulsiva aparece antes que la comprensión. Por eso, más que centrarse en “dejar” la adicción, la mirada de la Bioneuroemoción se orienta a descubrir qué función cumple y qué equilibrio intenta restablecer.
La lógica emocional que sostiene una adicción no suele originarse únicamente en la historia personal. Al ir más hacia atrás, pueden emerger patrones familiares donde el silencio, el abandono, la exigencia, la falta de sostén emocional o determinadas formas de evasión se transmiten de generación en generación.
Estas dinámicas no siempre se expresan de manera consciente. A veces no se hereda la conducta en sí, sino una forma de gestionar el malestar: callar, resistir, anestesiarse, rendirse o sostener hasta límites extremos. La adicción puede convertirse entonces en una respuesta aprendida (y repetida) frente a conflictos que no encontraron resolución en el sistema familiar.
Cuando este entramado comienza a hacerse visible, la conducta deja de leerse como un problema aislado. Aparece como una señal que invita a revisar qué historia se está sosteniendo, qué lealtades inconscientes operan y de qué manera la persona se vincula con su mundo interno y con su entorno.
Esta comprensión no busca justificar la adicción, sino desplazar el juicio y plantear un abordaje más responsable y compasivo. Desde la Bioneuroemoción proponemos poner el foco no solo en la conducta, sino en el sentido profundo que ésta cumple dentro de una historia más amplia.
El vínculo con determinados componentes adictivos configura formas específicas de compensación. No todas las adicciones regulan lo mismo ni de la misma manera. La elección del componente expresa cómo la persona intenta aliviar su experiencia interna.
El alcohol ocupa un lugar particular dentro de las adicciones. Está socialmente aceptado, asociado al descanso, a la celebración o a la desinhibición. Sin embargo, para algunas personas se convierte en una vía “privilegiada” para anestesiar tensiones internas.
En quienes desarrollan una relación problemática con el alcohol, suele significar una forma de buscar alivio frente a una carga emocional sostenida en el tiempo. Una historia que muchas veces incluye sobreexigencia, responsabilidad temprana o dificultad para expresar el propio malestar.
Al observar la historia familiar de un alcohólico, pueden aparecer relatos de sacrificio, silencios prolongados o mandatos implícitos de fortaleza. Incluso, el alcohol ya pudo haber sido el regulador emocional dentro de la familia. La conducta actual no surge de la nada: continúa una lógica inconsciente que ya estaba disponible.
Esto no implica que toda persona con consumo problemático tenga un familiar alcohólico, sino que el inconsciente elige el alcohol como vía de descarga porque resuena con una información previa.
En estas adicciones, el consumo de sustancias psicoactivas o el uso habitual del cigarrillo actúan como moduladores directos de la experiencia emocional interna. Desde afuera pueden interpretarse como una búsqueda de placer o evasión. Desde adentro suelen funcionar como una forma específica de regular ansiedad, desborde o rigidez emocional.
El consumo introduce una alteración rápida de la percepción: calma, expansión, anestesia o desconexión. Allí donde la experiencia interna se vive como excesiva, la sustancia ofrece un atajo. No resuelve el conflicto, pero lo vuelve tolerable.
En el caso del tabaco, por ejemplo, es frecuente encontrar historias atravesadas por el control, la autoexigencia o la dificultad para marcar límites, entre otros factores. Fumar introduce pausas en vidas que no permiten detenerse. El gesto corporal de inhalar y exhalar regula el ritmo interno allí donde no hay espacio para el descanso ni para el registro emocional.
En el consumo de drogas ilícitas, la lógica varía según la sustancia, pero suele repetirse un patrón: escapar de una vivencia sentida como demasiado intensa o, por lo contrario, vacía. La sustancia no crea el malestar, lo amortigua. Y al hacerlo, la conducta se refuerza, se vuelve necesaria.
Al ampliar el análisis, pueden aparecer también elementos transgeneracionales: familias donde ciertas emociones no podían expresarse, donde la fragilidad estaba prohibida o donde el conflicto debía resolverse en silencio. En ese contexto, la sustancia se transforma en un recurso inconsciente para hacer llevadero lo que no encontró palabras.
En este sentido, el consumo aparece como un intento inconsciente de compensar un dolor y una impotencia que no encontraron otra vía de elaboración.
«Toda adicción es un intento de llenar un vacío interior, pero el vacío no se llena desde afuera.»
Gabor Maté
No todas las adicciones pasan por una sustancia. Algunas se expresan en formas de actuar socialmente aceptadas, incluso valoradas, que, sin embargo, cumplen una función similar: regular estados internos.
Este tipo de adicción no genera alarma inmediata porque suele confundirse con responsabilidad, disfrute o normalidad. Pero cuando la conducta deja de ser una elección y pasa a sentirse como una necesidad, y, además, suele afectar negativamente a terceras personas, algo más profundo está en juego.
Dentro de las adicciones comportamentales, las enfermizas ocupan un lugar central. No se trata solo de vínculos conflictivos, sino de dinámicas interpersonales que se sostienen en la dependencia emocional, el miedo al abandono, en el control narcisista o la necesidad constante de validación.
Son formas vinculares que generan malestar, desgaste y sufrimiento, pero que resultan difíciles de soltar.
En estos casos el vínculo funciona como una fuente de alivio momentáneo frente a un vacío interno. La persona permanece en el vínculo intentando obtener aquello que siente que le falta, aun cuando la experiencia se repite una y otra vez con el mismo desenlace.
La relación tóxica se convierte, así, en el escenario donde se reproduce un patrón emocional no resuelto.
En la adicción al trabajo, es frecuente encontrar historias atravesadas por la exigencia, la identificación con el rendimiento, la necesidad de validación o traumas similares que estructuraron la psique en la infancia. El hacer constante evita el contacto con el vacío, con el cansancio emocional o con preguntas que quedaron postergadas.
En estos casos al indagar en el árbol familiar, aparecen linajes donde el valor personal estaba ligado al sacrificio, al esfuerzo sostenido o al “no parar”. También pueden estar atravesados por historias de carencias, pérdidas angustiosas y despojos injustos.
La relación con la comida y el azúcar suele tocar otra fibra. Comer en exceso, picar sin hambre o buscar compulsivamente otros sabores (dulces, salados o altamente estimulantes) puede funcionar como un regulador afectivo. Aporta consuelo, calma o una sensación momentánea de satisfacción cuando hay carencias emocionales no reconocidas.
Por otro lado, esta dinámica se entrelaza con una relación conflictiva con el propio cuerpo. El rechazo hacia la figura, el género, ciertos rasgos físicos o la propia imagen puede expresar dolores emocionales. La comida aparece entonces como una forma de amortiguar ese malestar, de tapar una herida vinculada a la identidad y a la autoimagen.
Estas dinámicas se enlazan con historias tempranas donde el alimento fue la principal forma de cuidado o de recompensa, o donde el afecto estuvo condicionado.
La ludopatía merece una mención especial por su impacto actual. El juego no solo promete ganar dinero: ofrece intensidad, ilusión y una salida momentánea a la frustración o a la sensación de estancamiento.
En algunas personas, activa memorias familiares de pérdida y fracasos, de riesgo temerario o de inestabilidad económica que no pudieron ser elaboradas y se repiten inconscientemente.
Todos estos intentos de equilibrio abren nuevamente la pregunta del para qué: ¿qué emoción se regula?, ¿qué vacío se intenta llenar?, ¿qué tensión encuentra ahí una vía de descarga?
Comprender estas lógicas no elimina la conducta por sí sola, pero permite algo fundamental: salir de la culpa y abrir un espacio de conciencia. Cuando la persona puede ver qué función cumple esa adicción en su vida, empieza a darse la posibilidad de imaginar otras formas de responder a esa misma necesidad interna.
En el abordaje de las adicciones desde la Bioneuroemoción, hay un punto de inflexión fundamental: pasar de vivir la adicción como un enemigo interno a comprenderla como parte de un sistema más amplio que busca equilibrio.
La conciencia de unidad propone dejar de fragmentar la experiencia. No hay una parte “enferma” que deba ser eliminada y otra “sana” que deba imponerse. La conducta adictiva forma parte de la misma mente que intenta sobrevivir, adaptarse y regular una vivencia interna que se percibe como desbordante.
Desde esta mirada, la adicción no se combate, se escucha para comprender qué función cumple dentro del conjunto de la experiencia vital.
El cambio comienza cuando la persona deja de verse escindida: “yo contra mi adicción”, y empieza a reconocerse como un todo coherente, aunque hoy esté expresándose de una forma dolorosa.
Esa integración reduce la lucha interna, y con ella, muchas veces, la necesidad compulsiva de la conducta.
Aquí la autoindagación se vuelve central para abrir preguntas claves que amplíen la conciencia:
La conciencia de unidad no promete soluciones rápidas. Ofrece algo más profundo y valioso: la posibilidad de dejar de pelear con uno mismo y empezar a mirarse con mayor honestidad, responsabilidad y compasión.
Desde la Bioneuroemoción el abordaje de las adicciones se plantea como un proceso de autoindagación consciente. Un espacio donde la persona puede detenerse y hacerse preguntas esenciales, sin juicio ni exigencia:
¿qué me está mostrando esta experiencia?, ¿qué parte de mí busca alivio?, ¿qué vínculo estoy sosteniendo conmigo y con los demás?
La adicción pone en evidencia un desequilibrio más profundo en la vivencia emocional. Al mismo tiempo, ofrece la posibilidad de revisar la percepción desde la cual se ha construido la propia historia. El sufrimiento no surge únicamente de lo vivido, sino de la forma en que esa experiencia fue interpretada, integrada y sostenida a lo largo del tiempo.
Cuando la percepción comienza a desgranarse, se inicia un proceso de toma de conciencia. La conducta compulsiva deja de ocupar el centro de la escena y aparecen nuevas alternativas internas: otras maneras de responder, de pedir ayuda, de relacionarse y de habitar el malestar sin quedar atrapados en él.
En este sentido, la adicción actúa como una señal que orienta la mirada hacia un punto de desequilibrio previo. Al ser escuchada, esa señal pierde su carácter de obstáculo y se transforma en un trampolín hacia una mayor coherencia interna.
La Bioneuroemoción acompaña este tránsito ampliando la conciencia sobre las experiencias traumáticas vividas. A medida que el mundo interno se reordena, la relación con el síntoma se transforma y la experiencia puede comenzar a desplegar nuevas posibilidades.
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En este pódcast, Enric Corbera analiza las diferentes formas de adicción emocional. Algunas se manifiestan en forma de relaciones tóxicas en cualquier ámbito: en la familia, con los amigos o en el trabajo.
En este video, Enric Corbera explica el trauma como una energía bloqueada que podemos liberar al cambiar nuestra percepción. También aborda las leyes de la ansiedad, su función como señal de alerta y su impacto en nuestra relación con la comida.
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